
Y otra vez de vuelta de un pequeño viaje de dos días, esta vez a Nagoya, tercera ciudad en habitantes de Japón, y última paliza de sudar y subir escaleras y cuestas. Terminamos nuestra última, por ahora, etapa de viaje cultural, y con esta se nos marcha Luis de vuelta a casa, así que vamos a notar su falta en el blog, aunque seguiremos intentando actualizar, aunque sea con locuras amarillas gallegas.
Tal como estaba previsto, en este viaje, nos acompañó Masa, nuestro amigo japonés, que nos hizo de guía por la ciudad, y nos explicaba todas aquellas cosas que se veían en su idioma y que a nosotros no nos llegaba para nada.
Ya en la estación, decidimos ir a comer a un sitio típico de Nagoya, un restaurante donde entre otras cosas nos pusieron carne con salsa de miso, especilidad de por allí, y muy sabroso. Haciendo un poco de tiempo, nos fuimos al castillo de Nagoya.
Este castillo fue bombardeado durante la segunda guerra mundial, y casi piedra a piedra, lo reconstruyeron para que perdurara. El trabajo, impresionante, y el museo que han montado en el interior está muy completo, lleno de katanas, armaduras y recreaciones de casas y calles desde los siglos XV y XVI. La verdad es que era impresionante verlo en directo, y con la ayuda de Masa, nos aclaramos mucho más.
Además, dio la casualidad de que estaban haciendo una fiesta de verano donde había muchísimas familias reunidas, se habían montado casetas como de feria y cenaban sepia a la brasa todos juntos, mientras al fondo, en un escenario, había gente bailando con música tradicional, mientras abajo, más de doscientas personas seguían los pasos. Tipo "sevillana japonesa", pero en tranquilito, vamos.
Al día siguiente, nos fuimos bien pronto al castillo de Inuyama, considerado por los japoneses como uno de los cuatro castillos más importantes de Japón.
Este sí que aguantó la guerra, y se mantiene como entonces. Por dentro puedes subir hasta arriba del todo, paseando (siempre descalzo) por las escaleras más endiabladamente empinadas que he visto nunca. También su museo, un poco más sencillito, pero entrañable.
Y deprisa corriendo, de vuelta al centro de Nagoya, pillar un bus y plantarnos en el museo de Nagoya, con unos parques preciosos alrededor y cuidadísimos. Detalle curioso: los baños no están limpios, están nuevos, pero siempre nuevos, vamos. Y la taza tiene al alcance de tu mano cuando estás sentado, un botoncito que hace que suene simulado el sonido del agua cayendo, así es más educado si tienes que realizar alguna necesidad que no sea demasiado silenciosa. Tenemos vídeo, pero lo pondré más adelante, no os preocupéis.
Y después de doce trenes bala en siete días, acabamos en Tokio, recogiendo a Emilio y Leandro y yendo a cenar a un restaurante chino, donde puedes tomar, entre otras lindezas, escorpiones y larvas de gusano de seda fritas. Una maravilla. Nosotros decidimos ser un poco más "estándar" y no nos pedimos nada de eso. Pero bueno, sabemos dónde está y cómo llegar.
Ahora empieza una nueva semana.Iremos contando cosas. Un abrazo!
PD: Os ponemos un par de fotos de Hiroshima, que ya las hemos podido sacar.

